Cuando se quiere dar el salto a profesor, existe una necesidad urgente de poder conectar los contenidos, de hilarlos en orden de complejidad para una mejor asimilación. Esto es un camino lleno de baches, debido a que, los que nos ponemos por primera vez delante de alumnos (para mí, inocentemente o no, todo aquel que se coloca delante de dos  o más personas para transmitir lo que sabe, adquiere la identidad de profesor o quiere ejercerla, le guste o no escucharlo), lo hacemos con un bagaje de contenidos más bien escaso y no existe el profesor mágico que nos quite todas las dudas, o no se encuentra cerca.

Cuando abordaba, como profesor, las primeras clases, ya aparecían esos vacíos de contenidos en los que no sabía explicar el porqué de algunos movimientos que estaba enseñando a los alumnos. Recién en ese momento era consciente de la empresa en la que me había metido.

La creencia de que poseemos una cantidad de contenidos suficientes para abordar una clase hace que tomemos la decisión de pegar el salto de alumno a profesor. Pero eso es fruto, obviamente, de la inocencia.

También, es cierto de que no es una operación a corazón abierto. No manejamos valores educativos ni morales. No corremos el riesgo de crear en los alumnos malos hábitos de convivencia. No se corre peligro, supuestamente, de nada. Nos cubrimos de ese halo de inocencia y de falta de peligrosidad.

En cierta forma nos escudamos en el pretexto de que transmitimos lo que sabemos con la mejor de las intenciones. Con la conciencia tranquila de que no haremos mal a nadie.

No voy a entrar en la tesitura de que, al no ser profesional de la danza, no se debería tomar la decisión de dar clases, puesto que todos comenzamos algún día y de la misma manera. Al no existir un certificado académico con validez internacional y prestigio suficiente como para generar la confianza de todos los tangueros, cada uno comienza su camino con sus aciertos, errores e incertidumbres.

Existen profesores que, después de años de experiencia, refunfuñan cuando algún audaz comienza a dar clases en alguna asociación, peña o academia de baile, sin pensar ni acordarse de que ellos comenzaron de la misma manera.

En definitiva: se comienza a dar clases mal, y con poco conocimiento. 

Solo aquellos que se respaldan en profesores de prestigio gozan de seguridad  y veracidad en lo que imparten. Pero como el tango es un género que se desarrolla constantemente, hasta los que gozan de prestigio, muchas veces asilan vacios en sus contenidos.

En mi caso, cuido hasta con mimo las primeras clases. No solamente por la impresión y las sensaciones que hay que causar en los bailarines principiantes. Sino también, porque un comienzo sin lógica de movimiento, sin explicación precisa del porqué de todo lo que se hace, dejando muchos espacios para la duda, conlleva a errores que permanecen en los bailarines durante mucho tiempo y de difícil solución cuando se convierten en vicios posturales. Por eso, cuando se piensa, como dijimos anteriormente, de que no se hace ningún daño al alumno, es relativo.

El alumno principiante es, por naturaleza, fiel. Lo que le digas lo va a hacer o lo va a creer.

En este sentido, la lógica de movimientos que se emplee la va a adquirir tal cual, con los aciertos y errores que esta conlleve. Por esta razón, no existen demasiados cuestionamientos por parte de los alumnos en las primeras clases, en beneficio del profesor.

Esta situación se puede extender en el tiempo. Y sin cuestionamientos periódicos, el desarrollo y la perfección de la docencia corre a cuenta de la voluntad del profesor de investigar, indagar, modificar, incluir nuevos aspectos o conocimientos, etc.

De ahí el estancamiento de algunos profesores. De aferrarse a movimientos básicos con ciertas probabilidades de eficacia, con teorías que no son discutidas, y que cuando lo son, existe un abismo que es la frontera de nuestro saber.

No es mi intención hacer un juicio de valor acerca de los profesores prematuros. Yo mismo comencé de esa manera. Y eso es necesario para plantar la semillita del tango en las personas. Creo que cumplen una tarea de raíz importantísima. Pero también creo en la evolución constante del método, en preguntarse los porqué y los cómo de su accionar, aunque no sea el alumnado el que pregunte.

Debe haber una voz interior que le pida las explicaciones al profesor. Que le haga avanzar, que perfeccione lo que sus antiguos profesores proporcionaban como palabra santa.